Clasicosis

Off Hollywood: ‘Dies Irae’

- Te veo a través de mis lágrimas, pero ya nadie viene a secármelas.

Ficha: Dies Irae

Seguimos viajando por Europa. Hoy nos dirigimos a Dinamarca, un país que desde siempre ha ejercido mucha influencia en el cine europeo. Desde Asta Nielsen, la primera gran estrella del cine mudo europeo, hasta el Dogma 95 uno de los últimos movimientos cinematográficos que sacudieron el viejo continente. Carl Theodor Dreyer posiblemente pasará a la historia por dirigir “La palabra” (Ordet, 1955), pero para llegar ahí pasó por títulos a día de hoy imprescindibles como “Vampyr” (id, 1932) y “Dies Irae” (Vredens Dag, 1943) en la cual nos centraremos hoy.

Durante la ocupación nazi, Dinamarca tenía prohibido importar películas, este bloqueo provocó una muy fructífera etapa de films y documentales, la obra más destacada de estos años fue este “Dies Irae” donde a través de una historia del siglo XVII se oculta una crítica a todo lo que en su país estaba ocurriendo.

 

En 1623 en un pueblo danés, la anciana Marta es acusada de brujería. Tras interrogatorios y torturas acaba confesando, con lo que eso implica, la hoguera. Pero se guarda un as en la manga, ella sabe que el reverendo Absalom indultó años atrás a una bruja a cambio de casarse con su hija, su actual y joven esposa Anne.

Tras esta simple sinopsis dejo sin nombrar otra serie de tramas importantísimas en el film, pero que quizás desvelen más de lo que queráis saber. Con un paso firme, la película a cada minuto nos va abriendo un nuevo dilema sobre el que pensar, un nuevo símil de las atrocidades vividas hace cuatro siglos con las vividas hoy en día. Nos abre un abanico de actitudes como la ambición, hipocresía, respeto, culpabilidad, sinceridad, honradez, prejuicios, rectitud, justicia y hasta paranoia, y nos lleva a valorar cuales son los que verdaderamente valen la pena.

Con una puesta en escena sobria y sencilla, “Dies Irae” compone una de las historias más sólidas del cine europeo de la primera mitad del siglo XX. Gran parte del film está rodado en interior, en habitaciones grises sin decoración y poco mobiliario, pero todo esto compensado con un trabajo de fotografía espectacular. Sin música, excepto en alguna escena más bien bucólica o el canto de los niños del coro en ciertos ritos religiosos. Las conversaciones son cortas, lentas y pausadas, pero no por ello el ritmo del film se hace difícil de ver, es un film de miradas, de pocas palabras, pero las que se dicen tienen un peso tal, que hace que no necesitemos más. A nivel interpretativo el reparto es una auténtica maravilla, yo en concreto me inclino ante Anna Svierkier, la anciana, cuya mirada encierra una desesperación, vulnerabilidad, indefensión e incomprensión tremenda pero a su vez desprende una paz y una fuerza, que me sobrecogen cada vez que veo el film. A destacar también los ojos de Lisbeth Movin y su expresividad, que se mueven entre el terror y la inocencia, tiene una mirada magnética que te atrapa aunque te esté recorriendo un escalofrío por la espalda.

 

Un film sobre la represión, ya sea moral o física, grabada durante una época represiva, y aunque todo parezca que queda muy lejos se mantiene igual de reivindicativa, asfixiante e intensa que hace casi setenta años. Cuando un film analiza tan en profundidad el comportamiento humano, no importan los años que tenga el film o la época que represente, no pierde nunca vigencia. Y esto es lo que ocurre aquí.